Aún recuerdo mi primer día de orientación de nuevos estudiantes en nuestra universidad de Stanislaus y de todas las experiencias que se divulgaron en el comedor; también cómo me tomó más de una hora matricularme en cuatro cursos de educación general para cumplir con el requerimiento de doce unidades y así poder recibir asistencia financiera ese trimestre de otoño del 2011.

Ahora, cuatro años después, asisto a mis cursos sin el problema de estar en la lista de espera, ni demoro por las mañanas al intentar encontrar estacionamiento cercano al aula. Al contrario, camino a través del bellísimo panorama lleno de árboles, flores y césped de la universidad con una seguridad que tomó un poco de independencia obtener.

El viernes del  21 de agosto  pasado, vi por primera vez la nostalgia en más de doscientos estudiantes nuevos que se mudaron a los dormitorios universitarios.  La mayoría estaba compuesto por jóvenes latinos y sentí una gran empatía hacia ellos. Pensé entre mí: “Pobres, no saben qué tan pronto van a desear comer en casa. Por lo menos frijoles con tortillas hechas a manos por su mamá o abuela, porque Chartwells… bueno, es, entre comillas, comida.”  Más aún de la falta de sazón latinoamericano en la cafetería, reflexioné en la falta de celebración de la cultura latinoamericana en la universidad y cómo se crea una dificultad de asimilación social en los jóvenes con esas raíces.

Durante cuatro años, más o menos, cada nuevo estudiante que es aceptado e ingresa a una institución universitaria, ha soñado y anhelado solo una cosa: una licenciatura para así convertirse en un bachiller que aporta y ayuda a su comunidad. Pero creo que pocos entramos con ansias de descubrir nuestra identidad en una sociedad anglosajona contemporánea.

Hace pocos días vimos en las noticias la conferencia de prensa con el candidato republicano Donald Trump y su ideología casi tiránica, cómo despidió al reconocido periodista Jorge Ramos, y yo me pregunto: ¿no comienzan a cuestionar su identidad los jóvenes de origen latino? ¿No se preguntan quiénes somos? ¿No inquieren cuántas generaciones de nacidos en los Estados Unidos suman lo suficiente para ya no contemplar si es que tenemos que “regresar de dónde venimos”?

Son muchos los jóvenes que sí hacen estas preguntas y dudas entre ellos mismos, pero generalmente aceptan la cultura anglosajona y prefieren resignarse a esas normas sociales. Ese pequeño grupo de jóvenes que se cuestionan, encuentran respuestas y continúan en la búsqueda de la identidad ya no se les ve como revolucionarios, sino como marginales que no pueden entender que Estados Unidos no es Latinoamérica. ¿Argumento justo o intelectual? ¿Qué no venimos a estas instrucciones académicas para obtener una educación en la cual se nos implica el aprendizaje de cultura o es simplemente el diploma en mano lo que queremos?

Como jóvenes de origen latino que somos debemos luchar para no dejarnos sobornar por la cultura anglosajona y perder la riqueza de la cultura latinoamericana, porque si nuestra meta es ayudar a nuestra comunidad con nuestros estudios universitarios, primero tenemos que saber quién es nuestra comunidad, ¿o no?...“Prefiero morir de Pie, a vivir arrodillado.”-Che Guevara

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